Madrugada.

Hoy como ninguna otra noche te llevaré a otro mundo — ¿Lo recuerdas?
De camino a tu casa imagino mínimamente lo que haremos, se nota en mi rostro la lujuria, la oportunidad exacta me motiva.
Me esperabas dentro de tu habitación con la luz apagada, la ventana cerrada y tu hermosa mirada. Cerré la puerta con fuerza, la aseguré y aterricé mi mirada en la mujer de mis sueños. Nos sentamos en el filo de la cama, con la escaza luz podía ver tus muslos blancos, colocaste mis manos sobre ellos y te cruzaste el cabello de un lado al otro, acercándote cada vez más. Tan tranquila y ansiosa a la vez. Me recosté de su lado y nos besamos tanto, tanto que terminaste humedeciendo…, mis labios y mi cuello. La ropa nos estorbaba… La delicadeza de tus manos quitándome la camisa por encima de la cabeza mientras interrumpíamos nuestros besos y la suavidad de tu risa mientras me quitabas lo demás es algo que pienso cada noche.
La mayoría de veces me conformaba con verte dormida desde tu ventana, agradezco al maldito destino por permitirme entrar, a tu vida, a tu habitación. En un parpadeo recuerdo todo, y mientras me muerdes los labios recobró la noción y vuelvo a la realidad excitante. Me pellizcas la piel, me incitas que te haga daño, estás caliente, tu aroma es delirante, jamás imaginé algo así.
Tu piel requiere mi tacto, mis ojos te devoran mientras tanto.
— ¿Te quito la blusa?
— Quítame lo que quieras…
— ¿P-puedo palparte por debajo de tu falda..?, ¿p-puedo…?
— ¡Quítamela! Y Hazlo, sólo hazlo, no preguntes más.
Con la seguridad de tu voz pidiéndome lo inimaginable. La blusa despeja un escote muy pronunciado, unos senos robustos y firmes. No sé qué hacerme con ellos, te abrazo sintiéndolos en mi pecho desnudo. Te abrazo por detrás con el tacto deslizándose entre las llanuras de tus senos bien formados. Ese gemido es de auxilio, ahora nadie puede salvarte de tanto placer, jamás te sentirás tan poseída. Tu voz entrecortada me motivó a seguir, bajar por tu espalda con besos. A tu falda corta la arrojé lejos —cerca de la puerta —.
Te he ubicado al filo de la cama y no has quitado tu mirada de mí. Te abrochó mi amor con un beso mientras te manipulo el sexo, caes en el deseo, te humedeces y gritas porque tu primera vez es emocionante, conmigo. ¡Basta de tacto! Mis manos tiemblan porque no me sentía tan digno de tocarte así. Te exaltas y te sueltas el cabello, te quitas el brassier y lo poco que te quedaba de estorbo material.
Tu mirada denota deseo profundo, la soledad de la noche enfatiza nuestro amor. Te acercas suavemente con esa mirada que quema, me tocas como una maniática, siento las yemas de tus dedos recorrer lo indebido. Después de tocarme tan aceleradamente, bajas con tus besos unos centímetros más abajo de mi ombligo y me agarras lo que te pertenece hoy. Me agitas con fuerza y ganas la emoción, lo metes dentro de tu boca. El sentir de tus dientes delanteros, de tu lengua; es exquisito el momento, aceleras el proceso repetitivamente mientras me doblego, mientras que con mi dedo índice y pulgar apretó el inicio de tus tetas. Espero no quieras desistir, porque siempre estaré dispuesto a tomar tu cabello y hacer que vuelvas a lo que empezaste… Sólo descansas para lamer y acariciar, contemplar mi erección. Siento tus manos blandas agarrarme con fuerza; recorres con besos desde donde nace tu entretenimiento sexual venoso, subes y bajas de un lado a otro, te fascina, se nota… Es suficiente, estaba tan entusiasmado con lo mismo y tú tan húmeda que no me importó jugar con tu piel, desde tu cuello, pasando por el medio de tus senos, escalando inversamente llegue a mi destino, recordé anatomía e iba palpando cada parte a medida que le repartía cariño salvaje con mis labios e incluso con mi tacto.
Parecías confundida, nerviosa pero muy complacida, cada vez abrías más las piernas. Volví a tu pecho y jugué con tus pezones que parecían antenas apuntando un ángulo apetecible, estaban tan erectos que me provocaban morderlos y no sé si podía pero la sonrisa en su rostro lindo me decía que sí.
El rayo del placer nos cayó a ambos, jamás nos había pasado. Comiéndote a besos desde tu tenso cuello… Mientras me apretabas el miembro; mientras lo sostenías y deseabas, yo te estrujaba y gozaba del sabor de tu piel que estaba pálida y erizada.
La locura desencadeno mi sed de penetrarte, tú esperabas el momento, sé que me deseabas dentro de ti. Te ubicaste fijamente al costado de la cama, al filo de la pared mostrándome tu mejor postura. Me aferré a ti, junté mi pecho con tu espalda, agarrándote con una mano fuerte tu teta derecha y mordiendo ligeramente tu cuello, aliento caliente para tus oídos; y con la otra tratando de colocar mi virilidad suavemente, introduciéndola dentro de tus labios vaginales húmedos y dilatados.
Ahí empezó un nuevo juego, nuestros sexos rozándose, deslizándose, acomodándose y desacomodándose, sin penetración, se sentía la emoción.
Eso despertó más tus ansias y me dispuse a introducirlo, coloqué mi glande en la entrada de ti. Solté tus senos y te agarré fuerte de tus caderas, lo metí lentamente; no iba ni la mitad y empezaste a suplicar compasión. Mi grosor estirando tu delicadeza, a pesar de la humedad era tosco pero delicioso, ambos lo disfrutamos, te quejabas de placer. Estabas algo tímida y cautivada, te sentías llena de mí y te impulsabas contra mí pidiendo más, por más de una vez me dijiste que te sentías en el cielo, ardiendo entre mi pelvis. Te desesperabas cuando el sonido de nuestra unión era rápido y la única forma de callarte era besándote. Apretaba la punta de tus tetas, besaba y mordía los lóbulos de tus oídos, te metía el dedo pulgar entre los labios… enloquecimos; yo, miraba nuestras sombras moviéndose bruscamente cerca de la puerta, donde permanecía tu falda, y más a la derecha tu blusa con una estampa tan inversa a nuestros actos.
Cuando me sentías completamente, tu rostro anonadado y casi exhausto giraba a mirarme y moviendo tus cejas hacia el centro de la cara, con los ojos bien abiertos y tu boca apretando los dientes, me decías que siga. Después me aceleré y te tocaba conjunto te penetraba y besaba te decía que lo inolvidable era esto. Cambiamos de posiciones, pero siempre tú, tan dispuesta, tan sumisa, cuando estaba dentro sólo suspirabas que cada vez sea con más fuerza. Te subías en mí, lo recuerdo, y te arrimabas a mí abriendo tus piernas y dejando al descubierto tu humedecida vagina para que mi pieza entre en la ranura, el proceso transformaba felicidad, podía sentir tu dilatación.
Finalmente; terminamos, el reloj daba casi las 4 am, quedaste abatida entre las sabanas, mientras me abrochaba el pantalón me decías que me amabas, me puse los zapatos y me arrojaste una almohada, la sonrisa que me echaste también estaba cansada, pero eso no te quitó la belleza. Me esfumé del lugar retirando tu falda de la perilla salí, y de regreso a mi destino, sentí cumplir todas mis expectativas, debía proponerme unas nuevas…

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