Mi poema.

Me encontraba justo ahí, en el escritorio junto a mi cama en donde intentaba hacer fluir ideas para un poema. No lograba concentrarme, ya me estaba desvaneciendo en mis palabras equivocadas.
De repente los altavoces silenciosos de tus labios se sintieron cerca de mi oído.
Una corriente no eléctrica estremeció mi cuerpo de norte a sur, me encendió. Intentaba tomar las ideas que salieron a flote, pero el poder de tus besos fue más… solté mi lápiz y agarré tu silueta.
Te observé por un momento, te encontrabas con una playera larga, de mi banda favorita y unas bragas negras, tus piernas se veían esbeltas y desde luego deseables.
A decir verdad, yo estaba deseoso de poder impregnar la belleza que desbordabas, en mi hoja de papel; pero finalmente, fue ahí, en el instante en el que te mordiste los labios entrecerrando un ojo en el que me desaté de mi cuerpo; ya no era yo; mis ganas de cogerte y mi cuerpo estaban en acción.
Rápidamente te acercaste muy sensual y te sentaste en mis piernas, mi erección era evidente, acomodaste tus nalgas en ella e inclinaste tu cabeza para que te pudiera besar el cuello. Recorrí suavemente tu nuca con mis labios, lamí tu lóbulo mientras te susurré cosas sucias. No traías sostén, se notaba la pequeña erección en tus pezones. La respiración de ambos aumentaba como si fuese la única fuerza motriz que mueve al mundo, estábamos en nuestro mundo. En un descuído te libraste de la playera y acomodaste tu cabello hacia la derecha.
Besé y besé tu espalda. Sabías que estaba tan caliente así que te pusiste de pie, me levanté, pero de un empujón fui a dar a la cama, me senté entonces te inclinaste y empecé a sentir tus labios rozar el tronco de mi falo, muy de prisa tu lengua jugaba dando vueltas por el diámetro, de arriba hacia abajo me sentí en un espiral de sueños, abrias mucho tu boca y tu lengua se hacía pequeña al recorrerlo, no quería que acabaras, sentí una succión que me sacó de éste mundo, mi pene crecía dentro de tu boca y manos. Me veías con una mirada ardiente que me obligaba a recoger tu cabello y acercarte a mi pelvis, era agradable la sensación de cosquilleo cuando sentía el fondo de tu garganta; fue entonces cuando lo sacaste por completo de tu boca y respiraste profundo, fue luego de aquello que yo lo introduje hasta el fondo, tus manos estaban inquietas y vengativas, clavaste tus uñas en mis piernas y entre esas caricias dolorosas y tus vistas llorosas lo saque escurriendo saliva. Pronto tus manos regresaron a mi virilidad, lo miraste con ansias y soltaste un hilo de saliva más, empezaste a moverlo con dedicación y energía. Me excitó más ver como te levantabas mientras tocabas mi pecho con una mano y en la otra mi miembro te palpitaba. Estabas deseosa, mi mente había descifrado tu idioma de trasmitir emociones, te diste la vuelta, aún traías puestas tus bragas, te apegué hacía mí mientras mi pene rozaba tu sexo, la tela inocente fue víctima de aquellos movimientos sensacionales. Ambos estábamos acelerados. Tus pechos se movían lentamente, me provocaba tocarlos, mis manos se deslizaron desde tus piernas pasando por tu vientre hasta llegar a tus pezones, los dos mirábamos con ganas aquel espectáculo y sólo nos guíaba el sonido de nuestros sexos.
Fue indescriptible aquel momento en el que te despegaste por unos segundos de mí para apagar la luz de la lámpara y luego aventarme al centro de la cama, al mismo tiempo deshaciendote de tu ropa íntima.
Sentí que estabas encima, justo ubicada en el lugar preciso del ritual, antes de aquello lo agarraste y en un pequeño impulso sentía undirme en ti, despacio porque se debía acostumbrar al tamaño, después de completar el proceso la fricción entre ambos era relativamente infinita. Sentía como despegabas lejos de mi pene y caías con toda la fuerza de la gravedad sumada tus ganas.
Así se dieron una serie de penetraciones que acabaron cuando rasguñaste mi pecho y arqueaste tu espalda, te sentía tan húmeda, no alcanzaba a ver mi miembro, sólo podía sentirlo; aquel orgasmo tuyo fue tan tibio que podía sentirlo en mis testículos y mojar las sabanas.
Yo seguía deseoso de ti, te di la vuelta y no fue necesario pedir que te ubicaras como me gusta, sólo me pediste que lo introduzca ¡ya! de manera impaciente. Entonces te metí varias nalgadas y coloqué mi pene, no sin antes sobarlo por tu vagina húmeda, sentía el oasis del propio placer. Cuando lo sentiste dentro escuché tus gemidos, para mí fue como sinfonía que no tenía fin. El sonido era coqueto, te agarré del cabello y me sentí en el viejo Oeste, cabalgando, agarrado de tu lacio y de tu espalda. Te penetré con tanta fuerza que había olvidado todo, a ti te encantaba que sea así, sin descanso… luego de tal hazaña sentía como te recogías hacía mí, haciendo movimientos circulares que en el fondo despertaban muchas ideas de un verso con rima en mí, fue ahí donde encajó perfecta la unión de nuestros sexos y el silencio sonaba junto con mi falo palpitando dentro de ti, me sentí poderoso, mi pene había crecido más aún y mis venas se marcaron mucho más, entonces lo saqué para eyacular fuera, tus piernas quedaron temblando y tu cuerpo agitado aún por mis fantasmas; lo tomé nuevamente con la derecha y lo introduje para terminar de venirme.
Luego del hermoso desastre de emociones nos abrazamos, y había visualizado el mejor de mis poemas, aunque supe que no debía ser escrito, ya estaba realizado, tenía que leerlo cuantas veces pudiese; descubrí que el poema eres tú, querida.

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