[YO PORQUE PUEDO]

Me encontraba aquí, como mi sedentaria vida me lo permite, ajustando el reloj que se había desigualado. Mi muñeca izquierda temblaba por alguna extraña razón ─saber el porqué era lo que menos me interesaba─, así que ocupé mi mano derecha para sostenérmela fuerte y evitar el tambaleo repentino. Efectivamente, dejó de temblar… Pero una sacudida que empezaba desde mi interior me estremecía, tan pronto como me di cuenta ya estaba temblando. La silla del ordenador se movía conforme a mis pequeños saltos, a medida que pasaban los minutos mi cuerpo convulsionaba a casi estallar. Recuerdo haber intentado incorporarme para no caerme, sólo eso lograba porque a esa turbulencia nada la podía parar; recuerdo haber torcido los ojos, entregándome al vacío y al sosiego, pero esa mierda de psicología inversa nunca me funcionó.
En el umbral que contemplé entre lo consciente y el desmayo veía mi vida pasar en unos instantes; pero, esperen…. No era mi vida. Me hubiese gustado que lo que vi proyectado fuera mi vida. Era, alguien igual a mí haciendo las cosas que siempre me gustaron hacer:

─ Haremos volar éste edificio cabrón, seremos historia ─me dijo mi amigo─. Tom y yo estábamos preparados.
─ Tom, pásame el encendedor.
─ ¿Eres imbécil, estamos aun dentro de esta mierda? ¿Quieres morir?
─ No, no, no seas bobo, pásame, quiero fumar algo, es que me relaja…, necesito pensar mejor las cosas. A decir verdad, no tendría sentido hacer explotar el banco central. Es inútil, me gustaría acabar con el sistema financiero mundial.
─ Drés, creo que pensar demasiado te hace mal, ni pienses desechar nuestro plan.

Tom parecía inquieto y con frecuencia miraba por la ventana del edificio, Observaba un elegante reloj de pared con los ojos desorbitados.

─ Ya es hora Andrés, necesitamos fijar los temporizadores de las bombas, a propósito; esto será más fácil porque todas las bombas están en una relación con este aparatito –Tom sacó de su pantalón sin vacilar un objeto pequeño parecido a un iPod─.
─ Espera, espera, no tan rápido, necesitamos dejar saber que fuimos nosotros los malhechores y furtivos ─decía yo mientras me frotaba la escasa barba─.
─ No es cuestión de popularidad en la maldad, la popularidad es mierda, ¿ya ves todas esas estrellas juveniles?, ¿viste todos esos artistas modernos que acumulan una inmensa pila de seguidores que son frustrados igual que ellos? ─lo dijo en medida que se tapaba la boca con el pasamontañas─.
─ Tienes razón Tom, salgamos de esta mierda. Venir por siete noches, una por cada piso instalando estos lindos explosivos me ha cansado. Es hora de la huida.

Una vez fuera del edificio nos arrimamos a un auto lo suficientemente lejos y lo suficientemente visible para apreciar el hermoso desastre. Y pasó.
Se consumió dejando una nube de polvo que hizo gris el panorama.
Sin más que decir, la amistad de un guardia y un inspector de seguridad dejó un legado entre los escombros.

Me vi reflejado en el espejo de un dormitorio donde escasamente ingresaba la luz. Me veía con cara de haberme echado treinta polvos en una noche.
Luego esperar sin razón mirando al techo, entró por la puerta una rubia, de esas que tienen la nariz respingada, tenía las tetas y nalgas apuntando al cielo suplicando a los dioses que la haga suya. Pero, yo no tenía fuerza, estaba con un dolor de cabeza terrible que no me dejaba ni siquiera incorporarme bien.
Ella se sentó en el filo de la cama y empezó a comerme con la mirada, yo quité las almohadas que estaban a mi costado invitándola indirectamente a acostarse a mi lado. Y así fue, me empezó a tocar el pecho y a poner su pierna encima de mí como una enredadera.

─ ¡Oh, Dios!, esto es lo que justamente quería, pero, ¿este es el momento adecuado? ─grité─.

Supongo que a Dios le dio igual y tan rápido como pude pronunciar eso tocaron nuevamente la puerta.
Ingresaron dos tipas más, me quedé anonadado y mis únicos músculos que se movían eran los oculares.
Se acostamos y empezaron a con el morbo, yo estaba ahí, sintiéndome débil; como un león solitario acechado por hienas.
Cerré los ojos por un momento y al abrirlos ya estaba hambriento. Consumí una a una las ninfas celestiales que me rodeaban, quedaron rebozando de alegría, de placer; de mí. Como lo sospechaba, luego de ello cada una fue mi presa ese día, al siguiente pasó igual. Les juro que no inyecté ningún tipo de droga, lo único que tenía en el brazo era un tatuaje que decía: “El dios del sexo”.

A 120 km/h me seguían, incluso en trasmisiones en vivo, creo que las mejores tomas las hacia el helicóptero blanco, ya que ese estaba delante de mí. Los demás por los costados y detrás. No sabría decirles la información de los coches con sirenas locas que me perseguían, sólo sé que yo conducía una camioneta Ford de una cabina.
Siempre por delante, era una doble vía totalmente despejada. Hacia maniobras para alejarlos de mí pero esas sanguijuelas no se desprendían.
Me empezaron a seguir desde las afueras de la ciudad y yo no sé por qué mierda, sólo iba a comprar al supermercado mis golosinas, como de costumbre.
Ahora estos pelmazos aumentan la velocidad, pero dentro de mi vehículo yo le subo el volumen a “Cigarettes After Sex” y medito un poco:

─ ¿Por qué yo? Si la culpabilidad está en todos los supuestos…, pues yo supongo que todos los del poder ejecutivo son unos ladrones; mientras yo intento evadir a la guardia nacional me estoy asegurando unos tiros, ellos disimulan todo el tiempo y nadie les dispara a quemaropa. Estoy pensando que la ley recae sobre el que menos tiene poder; poder ─esa palabra hizo eco en mi mente hasta desaparecer─.

Piezas inútiles ─grité mientras sacaba el dedo del medio por la ventana─.

Iba disminuyendo la velocidad con resignación hasta que los carros de la policía no dejaron ninguna esperanza de escapatoria.
Este panorama no fue algo tan anhelado, me condenaron a cinco años por un montón de imputaciones exclusivamente por huir; cuando no había sido a quien buscaban.
Bueno, al menos publicaron mis pensamientos que había anotado antes de ser arrestado.
Al siguiente día me acompañaron en mi celda dos ex funcionarios del gobierno y el presidente por evasión de impuestos de sus fortunas fruto del hurto al pueblo.

¡Aleluya!, buenas noches hijueputas ─les dije y luego me acosté con una sonrisa nada forzada─.

Luego de un trance de sueños inéditos vi borrosa la pantalla del ordenador. Yo seguía temblando. Pasaron dos minutos y quité mi mano derecha de mi muñeca izquierda y había parado todo. Paró toda esa mierda, me sentí… No sé: ¿aliviado? Bueno, algo así. Estaba pensando en que me paso la vida aquí, estudiando y desperdiciando mi vida en cosas banales mientras podría desperdiciarla en algo más emocionante. Que me valga verga el pecado, ni todos los rezos de mi familia católica me salvarán de mis nuevas ambiciones.

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